Benedicto XVI, el limón de Dios

In Actualidad by Marta Cuevas1 Comentario

Lunes a las 12 del mediodía. Reunión de trabajo y un whatsapp que me deja helada: el Papa renuncia. Noticia de Lunes, ¡madre mía! ¿Cómo que el Papa renuncia?

Hoy es Miércoles. Han pasado tres días. Tres días que han servido para rezar, para reflexionar y para dar gracias. Se podrían escribir muchas cosas, han corrido ríos de tinta sobre este tema. Y sin embargo creo que todo se resume en tres palabras: amor, entrega y humildad.

Ser padre no es fácil; no es precisamente una tarea siempre satisfactoria y que no requiera esfuerzo. Y si alguien tiene dudas que se lo pregunte a cualquier padre a las 4 de la mañana cuando su hijo no le deja dormir con su llanto. Ser padre no es siempre cómodo. Supone una tarea de renuncia a uno mismo por el bien de los pequeños. Supone muchas alegrías y buenos momentos pero también muchas noches sin dormir, algunas preocupaciones, dedicar tiempo, compartir sinsabores, exigir… pero los padres son felices, renunciando a muchas cosas por amor.

Del mismo modo, aceptar ser el Padre de la Iglesia, es claramente renunciar a uno mismo. No era pequeño el encargo que, aquel Abril de 2005, recaía sobre Benedicto XVI.  Ser Papa no es un cargo honorífico, un rol de descanso, para ser servido por todos los demás y vivir tranquilamente. Si hubiera que elegir una palabra no sería propio hablar de cargo, sino más bien de “carga” (¡hay que ver lo que cambia el significado de las cosas una sólo letra!). Es una carga, llevada y levantada por amor, pero que no deja de ser una renuncia a sí mismo para servir a los demás. Estar al frente de la Iglesia es llevar en el corazón los problemas del mundo, las tristezas de los hombres. Es consolar y alegrarse con toda la humanidad. Es tener el corazón tan grande que quepa el mundo entero y que nada resulte indiferente.

Y cuando tienes encomendadas a cientos de miles de personas por todo el mundo, más heroica es la tarea y más generosidad requiere. El mismo Benedicto XVI decía el día de su renuncia: “Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando.” Qué fuertes suenan estas dos palabras: sufrir y rezar. Y es así.

El Papa aceptó esta nueva renuncia a una vida tranquila cuando ya pasaba los 70 años. Cuando la mayoría de la gente ya está jubilada y retirada en su casa de campo dedicándose a sus hobbies. Los planes de Joseph Ratzinger no eran los de ser Benedicto XVI. Después de una vida de entrega, de dedicar su excelente cabeza al estudio de Dios y a la defensa y custodia de la fe, Dios se volvió a cruzar en su camino para pedirle más. Para pedirle las pocas fuerzas que aún le quedaban. Para ponerlo al frente de Su Iglesia.

Podríamos decir que ya había hecho mucho, que ya tenía el “derecho” (palabra que se usa ahora para exigir todo) de no preocuparse por los demás, que ya le tocaba dedicarse a sí mismo; a cultivar sus buenas aficiones musicales, de lectura, de estudio…pero los planes de Dios no eran esos. Y una vez más, entrenado por los  muchos “síes” dados a lo largo de su vida, volvió a renunciar, por amor,  a sí mismo.

Él mismo decía en su homilía inaugural: “¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo? Todos vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo”

Estos casi 8 años de pontificado han sido unos años llenos de entrega, de doctrina y de confirmación en la fe. Los jóvenes hemos tenido la suerte de vivir dos JMJ junto al Papa. “Hemos vivido una aventura juntos”, en palabras del Pontífice, en Madrid. Y estamos muy agradecidos. El hecho de que existan hombres generosos, dispuestos a dejarse la vida por los demás, es un motivo de esperanza para toda la humanidad.

Me viene a la cabeza la imagen de un limón exprimido. Esta es la vida del Papa, si se me permite la comparación. Se podría decir, de manera cariñosa, que Joseph Ratzinger es “el limón de Dios”. Una vida exprimida, sin reservarse nada. Una vida que ha dado su fruto, su jugo. Y de la que apenas quedan ahora, físicamente,  las cáscaras. Y estas cáscaras también se entregarán en la vida dedicada a la plegaria que a partir de ahora llevará Benedicto XVI. El Papa no abandona a la Iglesia. No nos deja huérfanos de Padre si no que, como buen pastor, deja paso humildemente a quien, con más fuerzas, pueda seguir su tarea.

“Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos”. Con humildad empezó Benedicto XVI su pontificado y con humildad lo acaba.

Gracias Santo Padre por estos años especialmente dedicados al servicio de la Iglesia. Gracias por toda su vida, exprimida como un limón al servicio de los demás.

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